El don de acercarse al prójimo
domingo, 7 de octubre de 2001
Por Myrna Rivas Nina
Especial El Nuevo Día
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Nota del Director:
Treinta voces, treinta
visiones. Durante el mes de octubre en conmemoración del Mes de las
Humanidades, El Nuevo Día abre sus páginas para presentar las soluciones que
proponen estos treinta puertorriqueños a los retos sociales que enfrentamos.
CONVERSAR CON don Enrique Laguerre es como acercarse a
la fuente de la juventud. A sus 96 años, don Enrique transmite en sus palabras
un continuo canto a la vida, a la actividad, al cuestionamiento y, sobre todo,
a la responsabilidad con los otros. Su voz contagia.
Lo que ha motivado y movido a
este novelista, ensayista, autor teatral, profesor, columnista, poeta y crítico
literario a la creación ha sido su interés por los demás.
"Mi filosofía no es que yo
existo, sino que yo coexisto. Yo no puedo vivir por mí mismo sin mi prójimo; en
consecuencia mi gran preocupación es el prójimo, cómo yo entenderme con
él".
Para don Enrique, se podría decir
que los humanistas han logrado mantener viva la idea de que Puerto Rico tiene
un espíritu nacional creado por 500 años de historia propia. Admira
personalmente el trabajo de la generación del 45, en especial de antropólogos
como don Ricardo Alegría y Eugenio Fernández Méndez, así como de sus artistas
gráficos y dramaturgos, que permitieron que se conozca más sobre la historia
cotidiana. Don Enrique es más crítico (aunque no los censura) con su propia
generación, la del 30, por el acercamiento retórico que él entiende hicieron de
la realidad puertorriqueña.
Don Enrique, que por muchos años
fue maestro de escuela, se identifica a sí mismo como alguien que quiso conocer
al pueblo y darlo a conocer.
"Yo tengo que empezar por
conocer qué somos nosotros, de dónde venimos y presumiblemente hacia dónde nos
dirigimos. Debo conocer la historia de mi país en su intimidad, no la historia
de nombres, sino la cotidiana, de día a día, qué está haciendo la gente
comúnmente en la calle".
"A mí no me importa que me
conozcan fuera (en otros países), a mí lo que me importa es que yo conozca al
pueblo para interpretarlo de la mejor manera posible y que fuera nos conozcan
por lo que somos".
El conocimiento que don Enrique
tiene de los temas que ocupan la actualidad puertorriqueña es sorprendente, y
tan destacable como su compromiso por educar y promover la conservación de los
recursos naturales. Le inquieta que se desconozca y se eche a perder la enorme
diversidad geográfica de la isla.
"No sólo me preocupa lo que
podríamos llamar el aspecto espiritual de mi pueblo, sino que me preocupa
también el aspecto físico de Puerto Rico, o sea su geografía, porque si
nosotros no tenemos tierra donde pararnos entonces vamos a estar mal".
Le resulta curioso que ahora
planificadores y arquitectos comiencen a hablar del desparramamiento urbano
como análisis novedoso cuando él ha venido denunciándolo desde los 50, pero no
se le ha prestado atención por ser persona de letras. Su preocupación por el
hábitat, palabra que don Enrique utiliza con frecuencia, se ha traducido en
acciones como su campaña para que se tenga acceso libre a todas las playas.
"Si yo veo que
innecesariamente se corta un árbol, si innecesariamente se rasura un cerro, si
innecesariamente se cortan unos manglares, si innecesariamente se hace una
carretera donde no se necesita, pues yo protesto".
Para don Enrique la calidad de
vida en Puerto Rico se ha asociado a una visión de desarrollo socioeconómico
muy limitada, que hoy está cada vez más maniatada al consumo y a los grandes centros
comerciales.
"(El ex gobernador) Luis
Muñoz Marín hizo una labor social muy buena, pero llevó a Puerto Rico de la
extrema pobreza a la extrema dependencia".
"Puerto Rico se ha
convertido en un 'mall' de Fajardo a Aguadilla y de Ponce a San Juan, pero lo
curioso es que los agrónomos de Mayagüez piden un plan para cultivar los
terrenos y no se les hace caso".
Para acercarnos a una mejor
calidad de vida, que él prefiere llamar "aprecio a la vida", es
necesario un mayor reconocimiento de lo que somos como pueblo y de nuestras
aspiraciones sin caer en los partidismos políticos, "uno de nuestros
grandes males". Pero cuidado, este humanista no se refiere a una identidad
sostenida en la repetición de loas como "Viva Puerto Rico" o en
concursos de belleza, sino a un conocimiento comprometido de la historia y del
entorno social y físico.
La calidad de vida tiene que ir
de la mano con el respeto al espacio vital. Don Enrique encuentra que este
respeto debe ser un componente esencial de la preocupación humanística, por eso
se describe a sí mismo como un humanista ecológico.
Exhorta a que la planificación de
nuestros espacios físicos y nuestros recursos naturales no quede restringida a
determinadas profesiones, sino que debe ser materia para todos los miembros de
la sociedad. A los líderes políticos y económicos les pide no caer deslumbrados
por megaproyectos en aras del desarrollo sin tener como apoyo un verdadero
análisis de su impacto económico y ambiental.
"Estamos en una situación
presentista, pensando en el ahora y no en el después, no proyectamos
nada".
Para una mejor calidad de vida
• Incorporar visión ecológica al
desarrollo económico.
• Desarrollar una identidad
basada en el conocimiento (historia, cultura, sociedad y geografía).
• Fomentar una mayor
participación de la sociedad en la planificación del país.
• Iniciar un consenso procesal
sobre el asunto del status fuera de partidismos políticos.
1906 - Nace en Moca, Puerto Rico,
el 3 de mayo.
1938 - Se gradúa de la Universidad
de Puerto Rico (1938 y 1941) y de la Universidad de Columbia (1949).
1935 - Escribe su primera y más
conocida novela, "La Llamarada". Luego, le seguirían novelas como
"Solar Montoya", "La Resaca", "Cauce sin río",
"Los amos benévolos", "Infiernos privados", entre otras.